En esta vida, valle de lágrimas, el dolor es compañero inseparable del alma que anhela la patria celestial. Como discípulos de Aquel que cargó con la Cruz hacia el Calvario, hemos de abrazar con amor nuestras propias cruces, ofreciéndolas en unión al Sacrificio Redentor.
Las adversidades, enfermedades y tribulaciones que afligen nuestro espíritu, lejos de ser motivo de desesperación, deben impulsarnos a estrechar los vínculos con el Crucificado. Cada sufrimiento, por leve que nos parezca, adquiere un valor infinito cuando se une al dolor divino de Jesús en la Cruz.
Alma dolorida, no desmayes en la prueba. Contempla al Redentor clavado en la Cruz y ofrece tus penas a Él, que todo lo puede. Tus lágrimas se convertirán entonces en perlas preciosas que engalanen tu corona eterna en el Cielo.
