Ante el divino sacrificio, postrados en adoración
 

En la Santa Misa contemplamos el misterio más sublime: el sacrificio incruento de Jesucristo, Sacerdote eterno según el orden de Melquisedec. En el altar se renueva aquel acto redentor del Calvario, donde el Cordero inmaculado se ofreció en holocausto por la salvación de las almas.

Con reverencia indecible, el sacerdote eleva la Santa Hostia, prenda de amor infinito. En ese instante, el cielo se inclina sobre la tierra y el tiempo se detiene en señal de adoración. Los ángeles circundan el altar, extasiados ante la presencia real de su Rey y Señor.

¡Oh Cristo Sacerdote! Tú que te inmolas diariamente en nuestros altares, concédenos la gracia de participar dignamente en tu sacrificio. Que nuestras almas, purificadas por tu Sangre preciosísima, sean moradas dignas para recibirte en la Sagrada Comunión.